Estaba fría. Mucho más húmeda y fría de lo que imaginaba. Además, le costaba un poco avanzar por ella ya que los pies se le hundían con cada paso que daba.
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– ¿Puedes tú sólo, cariño? Dame la mano.
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Pero no era necesario. Claro que podía. Llevaba tanto tiempo esperando ese momento, que una simple y arrugada alfombra de arena no le iba a impedir llegar a la orilla.
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– Apenas ha salido el sol. Es la mejor hora porque todo parece nuevo. Así, aprovechas el día.
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Las palabras de su madre le sonaban como un regalo del cielo. ¡Todo el día! Llevaba tanto tiempo esperando…
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En cuanto soltaron la bolsa y se quitó la camiseta salió disparado hacia el agua. Diminutas olas dejaban breves regueros de espuma, pintando suaves senderos que invitaban a elegir por cual correr su aventura.
Se detuvo sólo un paso antes de entrar en el agua. Giró el cuerpo hacia su madre buscando su aprobación. Ella sólo sonrió y agitó fuerte la mano para que continuara.
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Mil sensaciones de agujas entonces se le clavaron al cuerpo cuando se sumergió en esa mar helada. Más no le frenaban las ganas. A fin de cuentas ya había imaginado cómo sería todo aquello y sorpresas como esta solo le hacían sentir que estaba vivo. Y eso, le alimentaba.
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Hacía tan solo tres años que una desafortunada noche rompió la alegría en casa. Una llamada muy tarde. Una voz casi quebrada. Un llanto y un cruel temor y no querer oír nada. Gritos, golpes, desesperación. Lágrimas que demandaban respuesta a un cuervo traidor que le arrebató la paz y le entregó en su lugar una vida a reiniciar, distinta a la que llevaba.
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Ella no se levantó. De poco sirvieron las palabras de consuelo y la compañía de aquellos que, de primeras, se ofrecieron rápidamente a ayudarles. Tampoco lo fue un juramento que albergaba una intención que nunca se presentó. Todo se torno en nada.
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Habían sido tiempos muy duros. El traslado de ciudad y la venta de la casa no amortiguaron la tristeza que habitaba su interior. Pero hizo un esfuerzo por comenzar, dispuesta a no renunciar a presentar un hogar para un hijo que le amaba y que también había tenido que aprender a vivir con aquello.
Habían sido tiempos muy duros, sí… Pero allí estaban.
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El placer que le proporcionaba hundir las manos en esa arena no era comparable con nada. Clavar la pala, llenar el cubo hasta el final y luego apretar muy fuerte para endurecer la torre, antes de voltear y hacer crecer la muralla.
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Puentes de secas ramas y calabozos de tierra cobraban vida al llegar visitantes de ultramar, con sus patas de pinzar y sus maneras de andar como escrituras egipcias.
Por un momento imaginaba que también junto a las pirámides estaba todo lleno de arena y que quizás a través del mar, formaran parte de una misma familia. No eran tan distintos los cangrejos de los escorpiones, ¿verdad…?
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A medida que el sol escalaba su cima particular, también crecía la amurallada ciudad. Las horas se habían pasado entre protestas por cremas que le impedían jugar y carreras llevando agua para llenar un foso fugaz, incapaz de permitir bucear a imaginarios cocodrilos.
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– ¡A comer, a comer! Luego podrás continuar.
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– ¡Mamá! – protesto él. Yo quiero seguir jugando. No he terminado aún mi castillo.
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Pero no resultó sencillo despegarle de su obra aunque fuese para comer. No había motivo, pensaba él. Ni hambre tampoco.
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El corto trayecto en coche y la espera en el restaurante se le hicieron eternas. Carreras de camareros llevando bandejas, ruidos de copas al chocar, gente riendo mientras otros aguardaban su turno y deseando con la mirada que los de la mesa cercana no llegaran a pedir postres y se levantaran de sus asientos ya.
El hambre y los nervios no suelen combinar bien. Pero cuando hay niños entre medias, todo se agrava.
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La escena le recordaba cuánto tiempo llevaban sin comer fuera. Se había olvidado de esos detalles a fuerza de perder la costumbre.
Tenía grabado el día de aquella última vez. Podía recordar la comida y los olores incluso. Podía recordar las luces y la conversación que tuvieron. Podía recordar casi todo. Podía recordarle a él…
Por un instante sintió una punzada dentro.
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Comieron sin charlar mucho. Cada uno tenía el pensamiento en unas cosas y a pesar de que la conversación y su sonrisa eran un tanto forzadas, sí tenía claro que debían sentirse agradecidos por disfrutar ese momento.
La idea le animó un poco y por primera vez desde hacía mucho tiempo fue consciente de que esa vida y las experiencias, aunque fuesen duras, siempre te enseñan algo y te empujan para aprender y empezar a vivir otra vez.
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El camino de vuelta resultó extraño. Él hablaba sin parar de cómo estaba ya su castillo y de los planes que tenía y de cómo hacerlo crecer. Ella le escuchaba atenta y enganchada a esas historias que le permitían soñar y quizás volver a nacer.
Se sorprendió al descubrirse a sí misma alimentando una chispa en una hoguera de planes que despertaba de nuevo.
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Salió del trance al llegar a la arena.
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– ¡Mi castillo, mi castillo! ¡Me lo han destrozado!
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Las lágrimas del niño inundaban su rostro de desolación al ser testigo de un imperio derruido por la arena. Sólo pobres restos de una muralla quedaban en pie. Ya no había foso, ni torres, ni unas figuras que colocadas en ellas pretendían defender de unos ataques, a los que no pudieron hacer frente por no haberlos previsto esta vez.
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– ¿Por qué mamá? ¿Quién demonios ha podido ser?
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¿Quién se había atrevido a romper una obra erigida con la ilusión de aquel niño? ¿Quién aquél sin alma irrumpía en los sueños para hacerlos trizas a la vez? ¿Quién no era capaz de ver un futuro precioso a través de ojos inocentes y castigaba unos planes de modo que nunca llegaran a ser?
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– Ha sido la marea -sentenció la madre.
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– ¿La marea? ¿Quién es esa terrible mujer?
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La madre le miró con ternura y abrazándole le explicó lo qué era. Le contó que cuando eligieron el sitio no pensaron que eso ocurriría. Que eran los ciclos de la vida los que hacían que el agua oscilase arriba y abajo, limpiando de restos la arena y alimentando los peces y las aves que tanto le gustaban.
Que gracias a esta la magia de la vida, comenzaba todo cada vez que se retiraba el agua, aunque algunas veces a este mago que la traía y sus consecuencias, nadie les quería ver.
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Sin apenas darse cuenta, comenzaba a ser consciente de unas palabras, que aún siendo dirigidas a él, retornaban como un eco hacia sí misma y le arrancaban de cuajo una ya gastada piel, haciéndola respirar esa brisa y alimentando de nuevo un corazón que estuvo demasiado tiempo congelado.
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Él observaba la arena mientras pensaba en esas palabras y lo acontecido. En todo eso que es inevitable porque es parte de la vida. En lo aprendido y también en sus sueños y en todo aquello que ahora tenía por hacer. En sus queridas torres derruidas y en esas figuras de tierra que mirándole ahora le sonreían y que subidas a la almena no habían sido tan poderosas como lo que pretendían ser.
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– Volveremos muy pronto, te lo prometo. Y esa vez sí, esa lo haremos… a salvo de las mareas.