La misma fila de críos se agolpaba todas las tardes contra aquél majestuoso roble. Era una ceremonia sin igual repetida verano tras verano al acabar las clases.
El colegio próximo alimentaba nuevas remesas cada final de curso y entre risas y codazos luchaban uno tras otro por ser el primero en escalar el árbol.
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La mano sujeta en la primera rama, el pie apoyado en aquel resalte, un pequeño impulso hasta alcanzar la otra y… ¡arriba!. Ya estabas encima. A fuerza de hacerlo tantas veces lo tenían memorizado.
Y no sólo ellos.
También la corteza mostraba las heridas del pasatiempo y cómo con los años éste, había sido testigo de tantos encuentros.
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Luego estaba el columpio. Gruesas cuerdas de cáñamo ya desgastadas que colgaban de la rama más alta, aquella por la que sólo los más valientes se atrevían a deslizarse.
Los dos extremos se unían a una tabla ennegrecida y algo redondeada en sus bordes. El roce de tantos pantalones, sin quererlo, había pulido el asiento sobremanera, de modo que resaltaban aún más las marcas de corazones y algunos de los nombres atravesados por flechas.
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También era parte del juego. Llegar hasta ahí y escribir el suyo con una navaja mientras los demás esperaban. Darse impulso varias veces hasta quedar horizontal y luego… luego saltar la valla.
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Cuanto más lejos llegaban más gritos y entusiasmo despertaban entre los que allí había.
Y también alguna mirada…
Esas miradas furtivas que buscaban unos ojos y una sonrisa y tras coincidir un instante, se apartaban.
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La secuencia sucedía una y mil veces hasta que todos sudando hacían el infinito recorrido.
Bueno todos no.
Había uno de ellos que permanecía a un lado y solo miraba.
Este era distinto, era más tímido. Parecía algo distante o incluso triste tal vez. Y sufría, por dentro sufría. Aunque nadie era capaz de percibirlo.
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Tantas veces había corrido al árbol. Tantas las que se había dicho que subiría. Tantas las que pensó en ella y le prometió que lo haría. Tantas… Pero no todavía.
El miedo había sido poderoso hasta ahora y le atrapaba. Le decía que no iba a ser capaz, que el resto se burlaría. Que no hiciera por intentar, que no lo lo conseguiría y…
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Y allí estaba.
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Esa misma tarde durante las clases se había jurado a si mismo que lo haría. Que vencería su miedo, que demostraría que sí era capaz. Esa misma tarde se había jurado que lo haría, lo haría por ella.
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Otro de los críos de la clase, por esas cosas que solo hacen los críos, había hablado mas de la cuenta. Secretos que no se guardan y tienen gran consecuencia.
Sin ella poder defenderse fue acusada de una tragedia, convirtiéndola en culpable de una muerte no esperada y cuya memoria era fresca.
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Pero nadie dijo nada.
Nadie, tan sólo él. Pues él sabía la verdad y lo que decían no era.
Y eso motivo una vez más el sentido de las burlas, de su pelea y de frases desafortunadas que buscan herir sin piedad un corazón delicado.
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Él no dijo más, calló.
Pero lloraba. Lloraba por dentro y por fuera sintiendo un ahogo enorme que lo mataba.
¡No era justo! No, no lo era.
Pero era el detonante que necesitaba. Tenía la excusa perfecta. Sería la forma más clara de mostrarles a unos bestias que estaban equivocados.
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Sobre una de las piedras dejó su camisa blanca. Cerró los puños muy fuerte y se dirigió directo al árbol que quieto allí le esperaba.
Le temblaban las dos piernas pero nadie notó nada. Puso las manos de frente como queriendo abrazarlo y le pidió ayuda en silencio.
Cerró los ojos despacio y se dejó llevar haciendo lo que tantas veces había visto y tenía memorizado.
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¡Estaba arriba!
Se sorprendió de lo fácil que había sido el primer paso, más no se detuvo ahí. Avanzó por esa rama tan alta y agarró la vieja cuerda con su mano. Miró abajo, el corazón se salía. Sintió vértigo, pero no le hizo caso. Tenía el rostro de ella en su mirada y ya nada podría detenerle.
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Marcó su nombre en el asiento. Se entretuvo un poco más y también puso el de ella al lado. Pintó un corazón roto y añadió luego una fecha. Miró al cielo y respiró, sintió su corazón vibrar y dejó el miedo hacia atrás naciendo una nueva era.
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El viento le golpeaba la cara y le insuflaba más vida, de la que nunca recordaba.
Ahora volaba de un lado a otro como el péndulo de un reloj y podía ver el mundo desde arriba. Ahora reía, reía y reía.
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Y gritaba, luego gritaba.
Sentía la libertad de las aves cuando vuelan. Gritaba fuerte su nombre buscando dentro del grupo los ojos verdes de ella. Las lágrimas le brotaban dibujando un mar de sal y un rastro limpio de arena.
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Ella le miró una vez y sonrió tras su verja.
Era feliz a su modo por verle llegar allí, dónde brilla esa Presencia.
Le deseaba besar más esperaría cerca, ya que nunca fue tan ancha la valla en esa existencia…