Haber dedicado buena parte de la tarde en el mercado de la ciudad no le había terminado de despejar. Los paseos de puesto en puesto entre empujones y voces altisonantes mientras seleccionaba ingredientes, sólo le habían confirmado lo que ya sabía, que era un perfeccionista en grado sumo y no le importaba dedicar lo que fuese necesario siempre, para que el resultado fuera excelente. O al menos en las pocas cosas que con los años le habían llegado a importar.
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La celebración de la noche reuniría a toda la familia y amigos cercanos. Algunos incluso habían tenido que viajar de lejos para la ocasión. En las invitaciones avisó expresamente de la importancia de ello, así que no quería defraudar a nadie. Era un momento clave en la historia de la compañía y sabía que su futuro pasaba por tomar la mejor decisión.
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Después de toda una vida de dedicación y esfuerzo y, por supuesto, tampoco exenta de sacrificios en ocasiones no bien comprendidos, había llegado la hora de dar el relevo.
La pequeña fábrica que puso en marcha cuarenta años atrás con apenas dinero, se había convertido en una compañía de referencia en el sector dando trabajo a varios miles de personas y con presencia en una decena de países.
Motivos de sobra tenía para sentirse orgulloso. A pesar de las crisis vividas y una tremenda deslocalización industrial, que se había llevado por delante a buena parte de su competencia, ellos continuaban allí.
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Giró la llave de la puerta y antes de entrar en casa escuchó con cautela desde su umbral. En el fondo albergaba la esperanza de que esa tarde sólo el silencio habitara la casa. Lo necesitaba y se alegró cuando lo pudo confirmar.
La olla principal para el guiso, la sartén de doble fondo para la salsa, los ingredientes todos colocados en la encimera como prestos a saludar al iniciar un desfile. «Mise en place», pensaba. Todo bien organizado antes de comenzar la función. Era una premisa de sus negocios y resultaba imposible separarlo de esta, de la que lo había aprendido, su otra pasión.
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Carlos, su hijo menor, era un claro ejemplo de éxito. Joven, guapo, ambicioso, con formación en finanzas y leyes. Entró en la empresa nada más terminar sus estudios y ocupó un puesto de responsabilidad creado especialmente para él. Trabajador incansable, había conseguido excelentes logros en cada parcela que había desarrollado gracias a su constancia y capacidad de focalizarse en resultados.
De carácter un tanto altivo y orgulloso, se mostraba distante con el resto de personas que trabajaban allí y evitaba mostrar emociones ya que pensaba eran puertas de debilidad en un mundo de negocios donde sólo valía morder y ganar.
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Verónica era la mayor. De un carácter muy distinto a su hermano. Comenzó a trabajar con su padre cuando la empresa era más modesta y no fueron pocas las noches que juntos regresaban a casa comentando las incidencias del día y los planes que tenían para cuando creciesen.
Se había formado en administración de empresas, aunque en su caso terminar los estudios le llevó más años ya que lo compaginaba con trabajar en la fábrica. Fue duro un tiempo eso sí, pero pensaba que había merecido la pena.
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A diferencia de Carlos, en ella primaba la cercanía hacia las personas y también la tendencia a soñar. Eso le llevo a pasar horas visitando cada puesto de la fábrica tratando de aprender lo que cada uno hacía y su porqué. Descubrió entonces historias apasionantes, de gentes sencillas que le impactaron con cada cual más que llegó a conocer.
Detrás de cada tornillo, cada máquina y quiénes las accionaban había mil razones poderosas que permitían a aquel lugar poderse mover. Desde el despacho la vida era tan monótona, contaba. La salsa de la fábrica aparecía cuando te acercabas al guiso y te sumergías en él.
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La cebolla picada comenzaba a dorarse en la sartén. También el resto de verduras que minutos antes habían pintado un cuadro multicolor en la encimera y ahora desprendían un olor embriagador, levantando una leve columna de humo, que le despertaban sensaciones intensas. El cordero troceado en el aceite caliente chisporroteaba ya dando pistas de que pronto debía salir. El arroz impaciente aún esperaba su turno.
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Mientras, en su cabeza, articulaba el discurso.
Quería agradecer a todos el haberle acompañado durante estos años. Su paciencia, su saber estar. Los puntos de vista aportados y las apreciaciones que tan útiles habían sido cuando alguna decisión importante se debía tomar. También era consciente de su mal genio en ocasiones y cómo a pesar de ello nunca recibió una palabra fuera de tono que le pudiera incomodar.
Rodearse de un buen equipo de consejeros había sido clave en el éxito del proyecto confesaba, quizá una de las mejores decisiones que llegó a tomar.
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Los últimos meses habían resultado sin embargo más tensos que de costumbre. Todos sabían de su voluntad de pasar el testigo de la primera línea y algunos habían aprovechado para tomar posiciones y hablar bondades de aquél que creían la debía ocupar.
«Tienes un claro ejemplo de éxito con cada cosa que toca», le decían al referirse a su hijo. «Con él dirigiendo la compañía seguirán los buenos resultados. No se casa con nadie y tiene las cosas muy claras como deben estar.»
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Él sabía que tenían parte de razón. A fin de cuentas lo conocía mejor que ellos y en algunos rasgos de ese carácter veía una impronta clara en la que se reflejaba a sí mismo.
Pero quizá por eso y porque las circunstancias no eran las mismas no terminaba de opinar igual.
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Abrió el tarro de cristal y alcanzó unas vainas de cardamomo para magullarlo y darle al plato ese toque final. Supo de él en sus viajes por Asia y desde entonces la especia no faltaba en su cocina. Recordaba con claridad la mención que escuchó a un cocinero al referirse a él. «Es un ingrediente clave pero hay que saberlo utilizar, ya que puede ofrecer distinción al plato transformándolo en algo sublime o hundirlo más allá de la mediocridad.»
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Verónica era su ojito derecho aunque siempre trataba de disimular.
Con ella había descubierto cosas que de otro modo nunca habría sido capaz de apreciar. Le transmitía cariño y preocupación por cada pequeño detalle de la empresa. Sabía de sus buenas relaciones con la mayoría de personas y cómo su facilidad para empatizar y una actitud mediadora habían resuelto más de un grave problema. Su equipo más próximo confiaba en ella cualquiera fuera la misión.
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Los resultados que ofrecía no podían compararse a los de su hermano en cuanto a cifras económicas, era verdad. Pero cualquier empresa está formada de mucho más que dinero, le recordaba ella, y dejando a un lado a quienes están detrás, este jamás aparecerá. «Conocer a nuestra gente, papá. Es lo que hago, empaparme de ellos.»
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El fuerte estruendo del timbre le sacó del trance donde se hallaba. Entre unas cosas y otras se había pasado la tarde y se acercaba la hora de cenar.
Salió para abrir la puerta y regresó corriendo avisando que casi ya había terminado, pero que no entrase aún nadie a molestar.
Se había quedado con el tarro de cristal en la mano y no recordaba si había añadido las semillas de cardamomo. Esto le produjo un malestar enorme llevándole a sacar parte de su genio y maldiciendo el sonido de la dichosa puerta. En un instante surge lo imprevisto y el riesgo de arruinarlo todo allí está.
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La tentación de añadirlo era lo primero, pero pensó en las consecuencias de ello. Las especias son valiosas si se utilizan en su medida justa. Su exceso en el mejor plato hacen que se pierda sin más.
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Volteó la cabeza fijándose en la encimera y encontró la cuchara.
Esa vieja y gastada cuchara de madera que parecía le miraba y que en tantas horas de cocina le había podido acompañar. En cómo gracias a ella pudo saborear cada plato para añadir luego o corregir las cosas. En cómo cada guiso que había elaborado con esa madera, había impregnado en ella una pequeña parte de cada cual. En cómo una herramienta que pasa la vida desapercibida en cada cocina, se transforma en la pieza clave cuando antes de servir la comida la debemos degustar.
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Y no se demoró más. Cogió esa vara con la mano y como un pincel la bañó para probar. Cerró los ojos y dejó que las sensaciones más puras le inundaran la lengua y se extendieran por el paladar.
Una sonrisa intensa entonces apareció en su cara. Ahora ya no tenía duda de quién le debía relevar…