Cuenta la leyenda que Cástor y Pólux eran gemelos aun siendo concebidos por dos diferentes padres. Su madre, reina de Esparta, fue seducida por Zeus, el cual para su conquista tomó la forma de un cisne. Esa misma noche ella, yació también junto a su marido y meses más tarde ambos nacieron de un singular y único huevo.
 
Inmortal uno por ser hijo del rey de dioses, mortal otro por su concepción terrenal. Fiero y tierno. Soñador y cabal. Formaron parte de los Argonautas y surcaron los mares tras el Vellocino de Oro. Supieron hacer de sus diferencias un plus para aprender del otro, viviendo cada episodio con la perspectiva que sólo los ojos de aquél que amamos enriquece los propios, cuando aproximarse a lo que da miedo es la misión a desempeñar. 
 
Cuando una lanza desafortunada partió el pecho de Cástor y precipitó su final, su hermano rogó al Olimpo no seguir viviendo ya que sin esa mitad a su lado, no merecería la pena hacerlo. Renunciaba de ese modo a la inmortalidad. 
Sus súplicas se escucharon llegando a un acuerdo. Seis meses al año habitarían el Infierno y seis meses más tarde lo sería en el Lienzo Celestial.
Un gesto de amor tan sincero motivó a Poseidón en los mares y decidió que desde entonces vivieran la eternidad en el cielo, iluminando con sus luces a los navegantes que por esos territorios decidieran un día surcar.
 
Enamorarse de lo diferente a uno mismo. Valorar las cualidades que otros tienen y nos empujan a vivir más allá. Reconocer bien aquello que te complementa. Confiar en ese impulso magnífico que te invita a cerrar los ojos y saber que puedes vencer en cualquier batalla que te propongas, porque no hay fisura alguna donde el enemigo se pueda colar.
 
Diseñamos nuestras empresas pensando en nuestras propias fortalezas. Experiencia, habilidades y pasión son la clave, es verdad, pero, ¿qué pasa cuando tras poner en marcha la idea descubrimos que para escalarla y llevarla más lejos son necesarias unas cuantas cosas más? ¿Qué ocurre cuando somos conscientes del valor que otras personas aportan? ¿Qué sensaciones nuevas aparecen cuando la confianza en ellas crece y lejos de ser una quimera se transforma en oportunidad?
 
La puerta de un lugar diferente se abre. La luz entra y el idilio comienza. Las posibilidades se multiplican haciéndonos perder incluso perspectiva de la realidad. Los sueños y visiones de unos y de otros crean una fenomenal nube que llega a confundir lo importante y lo que define las reglas, con asuntos menores que alejan nuestras posiciones y nos llevan a un punto de partida que nada tiene que ver con ese que dibujamos cuando la primera idea del proyecto acababa de germinar.
 
Y entonces, ¿cómo actuar? 
 
Valores. Vuelta a los valores de cada uno. Es lo esencial.
 
Ya se trate de iniciar una empresa o crear una división. Ya se trate de iniciar una sencilla aventura con amigos o de construir un proyecto millonario que afecte a miles de personas. Identificar valores comunes y construir a partir de ellos es lo que siempre dará garantías de éxito ya que son las verdaderas razones que nos mueven y determinan porqué hacemos las cosas. Son las que nos recuerdan a cada momento que todo no vale, que hay límites que no debemos cruzar.
 
¿Honestidad, excelencia, servicio al cliente quizás? ¿Incrementar en más ceros la cuenta de resultados, vender como sea determinados productos o eliminar competidores sin más? ¿Ser un referente de calidad en el mercado? ¿Disponer de mucho tiempo libre o incluso primar la atención a colectivos desfavorecidos? ¿Cambiar el mundo por otro? ¿Tener la propia nave espacial?
 
Y si bien todas pueden resultar válidas, cada una nos llevará por un camino diferente en el que encontraremos dragones particulares y enemigos armados hasta los dientes que tratarán siempre de desestabilizarnos para ganar. Cada uno se enfrentará a los suyos. Cada cual deberá utilizar su propia espada si de verdad quiere avanzar.
Mas saber que existe una zona común, como una hoguera en invierno, donde el ánimo se recupera y la confianza crece, donde cada persona es diferente aunque su esencia a la vez viene del mismo lugar, es primordial para recuperar el foco, ilusión y fuerzas que nos han de permitir continuar. 
 
Las más caras mesas de caoba o algunas más sencillas de cristal tan solo serán embarcaciones seguras, cuando los navegantes tengan clara su misión y los valores que les mueven sean compartidos de verdad.
Así que no temáis que lleguen lanzas a partir el pecho de Cástor o de Pólux, porque más allá de ese instante catorce luces seguirán iluminando la sala, mientras encontrar vuestro Vellocino de Oro sea la verdadera misión a desempeñar.