Salir volando despedido e impactar el cuerpo contra el suelo resultó lo menos doloroso esta vez. Aunque es verdad que en unos días el brazo dijo no a movimientos extremos. El susto, importante claro está. Las consecuencias por el aprendizaje, enormes y de mucho valor. Estupenda manera de grabar su sello.

Lo cierto es que esa mañana no era la mañana ideal. Quizá el calor y no haber descansado tuvieran algo que ver. Quizá las preocupaciones que rondaban la cabeza desde hacia un tiempo también influyeran. La mente habitaba fuera de donde debía estar y el animal lo percibió en su piel, como se percibe un grano de arroz a través de la fina seda.

Nada más comenzar sentía todo fuera de control. Movimientos demasiado rápidos sin pretender acelerar. La adrenalina comenzaba a regar la arena interna de mi propio ser. Riendas sueltas que dejan hacer más allá de lo que uno sabe que se debe hacer, sobre todo cuando hay pista para correr pero no hay conexión entre jinete y montura. El final adivinado por el espectador llegó sin demorarse más. Cuando el fardo puesto encima estorba y somos más fuertes que él, tan solo es necesario agitar y observar cómo le conseguimos desprender.

Tumbado en la arena y aturdido por lo que acaba de pasar, sientes que unos segundos de tu vida han sido borrados. Tres, cuatro, cinco… ¿tal vez diez? ¿Qué hice mal? ¿Demasiado rápido  al querer aprender? ¿Debería ir más despacio la próxima vez? ¿Olvidé las reglas básicas pensando que una rutina sencilla estaba exenta de riesgo?

Quizá un poco de todo. Aunque quizá tampoco fuera solo eso. Una caída ayuda siempre a perfeccionar. Porque una cosa es visionar desde un sofá lo que puede pasar y otra distinta experimentar y, como consecuencia, saber. Los golpes, las caídas, forman parte del aprendizaje y eso nada más ocurre tras haber actuado. Cada una de ellas nos enseña qué hicimos mal esa vez y debemos sentir agradecimiento por ello. Sin experiencias nunca nada es posible mejorar. Si no existe reflexión posterior, difícilmente mejor lo haremos la siguiente vez.

Puesto en pie las miradas se empezaron a buscar. El acontecimiento nos dejó a ambas partes despistados. ¿Vienes? ¿Voy? ¿Estás bien? ¿Descubriste aquello que te quería mostrar?

La nobleza del animal doblegó mi orgullo inicial. Él sabía que era más fuerte que yo y de una manera limpia me lo quiso mostrar. Sabía que me tenía que enseñar la importancia de conocer bien el motor inmenso que llevaba en mis manos. Sabía que debía asegurar cada nuevo paso que quisiese dar con paciencia y no correr, para hacerlo disfrutar y ser uno solo a la vez. Empatizar para conectar. Comprender que las riendas las cogen las manos pero es el corazón quién decide siempre dónde desea ir y percibe con sinceridad si ya estamos preparados.

El roce de su hocico en mi cabeza me terminó de despertar. Retiré la arena de mi boca y miré esa mano mojada que había dejado de temblar. La respiración moviendo un pecho inmenso me invitó a acariciar de nuevo esa piel. Un ojo gigante a un lado sugería como una bola de cristal un futuro precioso todo por hacer. ¿Te atreves a subir otra vez? Ahora no hay miedo, ya no debe haber lugar para él. Ahora sabes muy bien lo que debes hacer.

Busqué el estribo y coloqué mi pie. Gracias por la lección, maestro.